SEGUNDO PREMIO: "Don José" de Emilia Luna Martín

 

Despacio, don José entró en la iglesia. A los pies del altar mayor le esperaba el sacristán con el reclinatorio de palo de rosa entre las manos. Esperó a que él se acercase y lo colocó delante del primer banco. Se arrodilló. Detrás de él fue entrando despacio y en actitud silenciosa el resto de la familia. Cuando todos estuvieron dentro, el sacristán hizo amago de echar los cerrojos del portalón de entrada, pero a un gesto de don José, el jornalero convertido en ayudante del párroco desistió de su empeño. ¡Todos los años lo mismo!, el patriarca de los Figueroa se desesperaba. Llevaban treinta y cinco años rezando el rosario el día 25 de diciembre antes de la Eucaristía de Navidad y el Piti aún no había comprendido que no hacía falta echar los cerrojos de la iglesia. Mediante un generoso donativo al obispo, se aseguraba tener la iglesia disponible para la familia todas las tardes del año que quisiera. Por no hablar de la deuda que tenía el pueblo con el marquesado. De no haber sido por sus antepasados, nunca se hubiera construido la iglesia.

Don José unió las palmas de sus manos con devoción infantil y levantó la mirada hacia el crucificado de madera que presidía el altar mayor. Dio gracias a Dios por la numerosa familia con que le había bendecido y por la magnífica cosecha de uva de ese año. ¡Por fin podría comprarse el barco!  En medio de tanto agradecimiento, una sombra de duda le cruzó el rostro. Todo iba como él deseaba, excepto esa preocupante pérdida de memoria que acusaba últimamente. Don Anselmo, su médico de Madrid, no encontraba nada raro en sus análisis, y por otro lado en su familia no había antecedentes de ninguna enfermedad que afectase a la capacidad de recordar. Lo cierto es que había olvidado muchas cosas de su pasado y le atormentaba no disfrutar de los recuerdos de una vida tan placentera.

 Caminando con lentitud, aparecieron tres monjas clarisas en el altar. Con movimientos delicados y casi invisibles comenzaron a encender los cirios de Adviento. Al terminar, entró el sacerdote. Don Javier era un joven del pueblo que, después de estudiar Filosofía, decidió ingresar en el seminario y dedicar su vida a Dios.

Mientras el sacerdote empezaba con el primer Misterio Gozoso, a don José no le hacía falta volver la cabeza para adivinar las caras de cada uno de los miembros de su numerosa familia. Se imaginó a Nicolás, el primogénito, rodeado de sus cinco hijos, y de Rosario, su mujer. Seguro que él estaría con la boca medio abierta en esa actitud que tanto le molestaba desde siempre y que dejaba entrever el rastro de la endogamia persistente en su familia. El gesto alelado se acompañaba de cierta torpeza de reflejos y una leve tartamudez en el habla. Menos mal que, como decía Asunción, la tata de Vejer: "Siempre hay una mierda un tiesto"; y apareció Rosario, la única persona del pueblo que había conseguido entrar en la fortaleza inexpugnable de la familia Figueroa. Entre sus méritos estaba el de gozar a priori de una supuesta fertilidad, era la quinta de diez hermanos, y la de no tener más aspiraciones que presumir de una buena casa en el pueblo y dejarse dominar por la matriarca de la familia.

El final del primer Misterio Gozoso sacó a disgusto a don José de sus pensamientos. Hacía tiempo que no pensaba en otra cosa que no fueran las viñas y las bodegas.

Al oír lloriquear a un bebé, volvió la cabeza con placer. Era Luján, el último retoño de la familia, tenía dos meses. Era el quinto vástago de Francisco de Borja, su hijo preferido. En una familia corriente, ningún padre se hubiera atrevido a hacer tal alegato ni en lo más íntimo de su corazón, pero él era un Figueroa. El marquesado que le arropaba databa de finales del siglo XVIII y justificaba con creces afirmaciones como esta. Lo mismo que justificaba la endogamia.

Cuando el padre Javier anunció La visita de María a su prima Isabel, el segundo Misterio, don José recordó sus años de infancia en el pueblo. Sus carreras por las callejuelas empedradas, los harapos con los que vestían sus entonces amigos, aquellos que conformaron su universo de árboles y viñas. Pero, como a todos sus hermanos, aquello a lo que su padre llamó "un trozo de vida prestada" les duró solamente hasta la adolescencia. En cuanto llegaban a doña Patro, su madre, rumores de las criadas de que a uno de sus niños le gustaba una del pueblo, se cerraban las angarillas del cortijo a cal y canto y solo se abrían para cargar el Mercedes y mandar al niño en cuestión a Madrid. Lo hizo su padre con él y sus hermanos y lo repitió él con sus hijos. Así terminaba el sueño del pueblo, de aquel paraíso, de aquella inocente "vida prestada". Cuando volvían al cortijo, ya eran adultos y el peligro había pasado. En esos años de ausencia, habían aprendido a sangre y fuego las normas de la gente bien, de lo conveniente y de que el mundo donde ellos se desenvolvían no permitía que nadie se saltase un solo escalón. Cada uno se movía en un nivel y de ahí no se cambiaba uno más que para subir. Bajar ni muerto. Fruto de esta filosofía fue el matrimonio de su padre con su madre, una prima lejana de Portugal cuya familia había logrado emparentar por matrimonio con los condes de Abrantes. Los hijos de don José habían sacado la piel morena y el cabello duro y crespo de su madre, sus ojos negros y las piernas largas. A su atractivo físico, se unían el estilo natural de los Figueroa, su porte elegante, su mirada altiva. Francisco de Borja era sin duda el más guapo de sus siete hijos. Antes de irse a Madrid, tuvo varios escarceos con jóvenes de aldeas cercanas, era tal su fama de hombretón.

Cuando el tercer Misterio Gozoso, La presentación de Jesús en el templo, estaba a punto de terminar, tres de las niñas del pueblo aparecieron vestidas de hebreas llevando entre sus manos una imagen antigua de un Niño Jesús, propiedad de la familia. Al verlas, algunos de los pequeños empezaron a dar carreras entre los bancos y se acercaron al altar. Eran los hijos de Silvano, que con las fustas de juguete se peleaban con las hijas de Pelayo. La madre de las niñas se levantó de golpe, arrastrando el bolso y las sentó en su sitio. Mientras todo volvía a su lugar, el coro de las monjas entró en escena susurrando un cántico medieval que calmó los ánimos de los pequeños y sumió a la familia en un silencio agradable. Cuando terminaron de cantar, el rosario estaba llegando a su fin. Don José miró hacia la puerta de la iglesia desde donde le llegaban frases entrecortadas y siseos. Tras la última letanía en latín, el sacerdote desapareció por la cortina de brocado del lateral y el sacristán abrió las puertas a un gesto suyo. La gente del pueblo permanecía de pie, temblando de frío delante de la puerta, esperando el permiso del señor de Figueroa para entrar. Con la misma sonrisa de todos los años, les hizo el gesto esperado. Ellos entraron agachando la cabeza y musitando las gracias al pasar por su lado y tomar asiento en los bancos de madera. "Hay cosas que nunca cambian", don José de Figueroa estaba orgulloso de su pueblo, de la buena educación de sus gentes.

Mientras el cura se vestía para la misa, la señora de Figueroa saludó a los vecinos, acariciando las caritas de los niños pequeños y tocando las cabezas a las jóvenes. Interesándose por los últimos nacimientos y lamentando con sincero dolor el fallecimiento de algunos de los ancianos del pueblo. Mandó llamar a las criadas que esperaban en la capilla lateral y repartió bolsas de dulces y sábanas usadas del cortijo. Cada Navidad estrenaban ropa de cama, era una costumbre heredada de su madre. Durante todo el año las vecinas tendían las ropas en cordeles en las calles, con las iniciales de la familia bordadas por las clarisas a la vista de todos, para hacer visibles quiénes habían sido los afortunados de heredar a los Figueroa y de dormir donde los señoritos lo habían hecho. Antes de volver a su asiento, doña Patro se detuvo frente a una mujer de unos cincuenta años muy bien conservada, era Salustiana. Llevaba de la mano a su hijo, que era ciego. Don José sintió como el estómago se le contraía de pronto. Para su fortuna, don Javier apareció en el altar mayor para dar comienzo a la Eucaristía. La providencia siempre venía en su ayuda.

Don José permaneció ausente desde que empezó la misa hasta que el ruido de los feligreses, al sentarse para escuchar los textos sagrados, lo sacaron de su ensimismamiento. Subió al altar su hijo Valentín. Menos mal que no había traído al novio a pasar la Navidad al cortijo, como el año anterior. Con exquisitos modales, el muchacho empezó la primera lectura. Parecía que era ayer cuando el guardés del cortijo llegó corriendo asustado a la casa para avisar de que Valentín se había perdido. Salieron todos en su busca por el bosque y el arroyo. Al volver desesperados a la casa, su mujer tenía al muchacho de la mano y la cara descompuesta. Lo había encontrado en el establo, en situación comprometida, tal y como la señora de Figueroa describió en la intimidad de la alcoba a su marido, con el hijo del herrero, de quien se decía que le gustaban más los encajes que el arado. Don José estaba perplejo. Era la primera vez en treinta años que recordaba estos detalles.

Cuando Valentín bajó del altar zarandeando los brazos de un lado a otro, subió una señora de mediana edad, con un moño canoso trenzado sobre la nuca. Al principio don José no la reconoció, pero cuando levantó los ojos del libro, algo punzante y afilado se clavó en su corazón. Era María. Aquella muchacha que se quedó embarazada de uno del pueblo y tuvo tres hijas que murieron en el parto. El patriarca de los Figueroa se admiró de cómo podía cambiar la edad a las personas. Él, que siempre había sido un hombre fuerte, se compadecía de una mujer del pueblo que ni le iba ni le venía. Según las criadas del cortijo, la muchacha no quiso quedarse con su familia después de la desgracia, se quedó en Madrid, donde trabajaba, hasta que la madre enfermó y regresó para cuidarla. Cuando María bajó del altar, miró a don José. Hacía muchos años que no se veían, pero el odio de la muchacha por el señor de Figueroa permanecía intacto y él lo percibió con cierta incomodidad. María nunca se creyó su historia.

El evangelio del día de Navidad siempre conmovía a don José. Pensaba en los recién nacidos, en lo bonito que era el gorjeo de los bebés en las cunas de encajes, en sus caras sonrosadas y bien alimentadas, en sus carreras entre criadas y perros... Los niños eran lo mejor de la vida, por eso él se empeñó en tener muchos hijos. ¡Hasta siete varones! Todo iba bien hasta que su mujer empezó a pensar que Dios la había castigado sin hijas. Decía que ella tenía la culpa porque no era buena. Fue tal la locura en la que amenazaba con caer, que don José empezó a consultar a los mejores psiquiatras de Madrid. Ningún tratamiento surtía efecto en la señora de Figueroa, a lo más que llegaban era a sumirla en un sueño casi continuo y en un descenso de peso progresivo. Cuando don José había perdido todas las esperanzas, se enteró por los guardeses del cortijo que la hija del herrero se había quedado embarazada de un gañán sin escrúpulos que se desentendió de ella. De inmediato, don José viajó desde Madrid al cortijo y le propuso a la muchacha trabajar en su finca. Le prometió que cuidarían de ella hasta que llegase el momento. María bendijo a los Figueroa y marchó con ellos a la capital. Cuando dio a luz, le dijeron que las niñas habían muerto en el parto y que podía dar gracias a Dios porque no estaban bien formadas. Ella era demasiado joven y las niñas estaban mal concebidas. Al principio la chica no relacionó el aumento de su fértil vientre con la gordura que iba cogiendo doña Patro desde que ella llegó. Ni se extrañó de la fiesta que se organizó en la finca cuando el médico le dijo que lo que esperaba eran tres niñas. En la casa, la señora de Figueroa se vestía de manera normal, pero si recibían visitas o iban a Madrid, todo su empeño era colocarse almohadones bajo la ropa. María lo contaba a las sirvientas en la cocina y todas pensaban que quizás estuviese de moda entre las finolis de la capital los kilos de más. Después del parto y argumentando que cambiar de aires le vendría bien, los Figueroa mandaron a María a reponerse a un convento de ursulinas que dirigía una prima segunda de don José. Lo que pasó con ella después no corría de su cuenta, por lo que don José se olvidó de aquel percance.

Intentó deshacerse de estos recuerdos inoportunos mientras rebuscaba alguna moneda en su chaqueta de caza. No encontró más que papeluchos. Le diría a Patro que enmendara la plana a las criadas. Tenían órdenes de limpiar los bolsillos de sus chaquetas antes de colgarlas en el armario. Se levantó para registrar los bolsillos del pantalón cuando la canastilla resonó ante sus narices. levantó la vista y le vio. Se le congeló el corazón. Era el ciego, que iba de la mano de su madre. La mujer le atravesó con la mirada. ¡Pero, bueno! ¿Es que hoy se me van a aparecer todos los fantasmas del pueblo?, don José estaba indignado.

En medio de la consagración, unos gritos monótonos, repetitivos, rompieron el clima de recogimiento del templo. Don José se volvió, menos mal que la niña había empezado tarde a molestar. Y menos mal que tenía a su hermana, que era una santa y cuidaba de ella por los padres. Era Sara, una de las trillizas, que nació con una minusvalía severa de la que no se dieron cuanta hasta que la niña fue creciendo. Cuando la enfermedad dio la cara, la señora de Figueroa apartó a la criatura de ella y de sus hermanas, no quería que las otras también se volvieran tontas. Sacó la cuna y la puso en la cocina. Hasta que no empezó a andar, la niña se crió entre fogones y criadas. A partir de entonces, una de sus hermanas se hizo cargo de ella. Dedicó su vida a cuidarla. Iba cargada de pañuelos para limpiarle las babas que caían sin parar desde las comisuras de los labios, como en la iglesia. La consolaba cuando gritaba o la abrazaba cuando hacía movimientos inconexos. Después de todo, no habían mentido demasiado cuando le dijeron a la pobre María que las niñas habían nacido deformes.

A un gesto del padre Javier, apareció una monja clarisa para ayudarle a dar la comunión. Era de piel clara y, a pesar de llevar cubierto el pelo, se veían las raíces a la altura de la sien. Eran rubias. La religiosa destacaba de las demás por el porte elegante, por su mirada altiva. La gente del pueblo dejó que se levantaran los Figueroa y se colocasen en fila primero. Comulgaron con devoción y, una vez que los dueños del marquesado se sentaron en su sitio, la gente del pueblo fue a comulgar.

De nuevo don José se encontraba frente a frente con Salustiana. Se conservaba muy bien, se notaba desde lejos. Seguro que aún tenía las carnes duras. Todavía recordaba su vigor y sus patadas mientras él la forzaba junto al arroyo. Aquella mañana en que le dijo que estaba embarazada, don José ardió en cólera y la llevó arrastrando a la choza de la partera. Pero Salustiana era fuerte y consiguió escapar. Don José la persiguió y, cuando la encontró, la muchacha estaba llegando al pueblo. Él le dijo que no podía tener ese hijo de ninguna de las maneras. Que un Figueroa no ponía su sangre y su nombre en una cualquiera. Ella le dejó claro que no se desharía de la criatura, y a cambio recibió una paliza que le quitó las ganas de hombre para el resto de su vida. Pero no se le fueron las de ser madre. Se marchó del pueblo y volvió con su hijo cuando heredó la casa de las lindes. La paliza dejó al niño ciego.

¡Las cosas de la vida! Si la pobre María, la del pueblo, supiera que la monja que le estaba dando la comunión era su hija... Sor Isabel...

Don José miraba embobado el andar pausado de "su monjita" y daba gracias a Dios por haberle concedido el deseo de tener hijas. Aunque no lo fuera de sangre, él se había empeñado en hacer de ella una auténtica Figueroa. En un principio le agradeció a Dios la decisión de la niña de ingresar en la orden y quedarse en el pueblo.

Lo cierto era que, precisamente esa noche, no tenía muy claro de qué tenía que dar gracias al Todopoderoso y de qué no. El hecho de que Isabel hubiera tomado los hábitos era en parte responsabilidad suya. La quería librar de la maldad de los hombres. Las otras dos hijas también estaban fuera del alcance del mal: una protegida por su minusvalía y la otra prisionera de su bondad. Pero... lo de que Isabel se quedara en esta iglesia... ¿No se trataría más bien de una decisión de las alturas para encadenarlo de por vida al pueblo y hacerle recordar cada Navidad sus fechorías?

El sacerdote estaba a punto de desear a los feligreses una Feliz Navidad cuando don José sintió una mano que tanteaba débilmente su hombro. Se volvió y tropezó con la mirada blanquecina y lechosa del ciego. "Don José, vengo a felicitarle la Navidad y a recordarle que aquí, en el pueblo, todos ustedes son bienvenidos", el niño sonreía como Francisco de Borja. Tenía la misma sonrisa y su mismo pelo. Don José le besó en la frente y dedicó una última mirada a Salustiana antes de arrodillarse y hundir su cara entre las manos.

Don José rezó sin la devoción infantil con la que había empezado el Rosario. Levantó con ira la mirada hacia el crucificado de madera que presidía el altar mayor. Dio gracias a Dios por la numerosa familia con que le había premiado y por lo bien que había ido ese año la cosecha de uva. Pero no le agradeció nada más, y le pidió, casi le exigió, que don Anselmo no encontrase ningún remedio para curarle los problemas de memoria que le estaban aquejando desde hacía unos meses. Era más: don José le pidió a Dios, en su infinita misericordia, padecer la pérdida de memoria mayor que imaginase pudiera para un ser humano.

Esperó a que su familia abandonase el templo y a que toda la gente del pueblo se marchara. Cuando no quedaba más que él entre aquellas frías paredes, se puso en medio del pasillo, entre las filas de bancos, y con los brazos en cruz exigió a Dios, de igual a igual, como Marqués de Figueroa que era, que condenase a su mente al olvido eterno.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

PRIMER PREMIO: "El Favor" de Jesús Álvarez Gómez